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Nuestras Costumbres

Ofrenda a la Pachamama

Desde tiempos inmemorables, los pueblos originarios de la puna realizan ofrendas a la madre tierra o “Pachamama”. Estas ofrendas representan el Respeto del Hombre para con la Tierra, en las cuales existen momentos de Comprensión e Interpretación de los efectos de la Naturaleza para aplicarlos en la Convivencia Cotidiana.

Esta Ceremonia puede ser Individual, Familiar o Colectiva y es simplemente una muestra de Respeto hacia la Tierra, no es adoración ni veneración y le sirve a los Pueblos Andinos para comprender el mensaje de la Madre Tierra para con el Hombre.

Antes de abrir el Pozo Sagrado, se clava un Cuchillo en el lado Este del Pozo, a manera de defensa por si sale algo malo del interior de la Tierra. Luego, se pide Permiso a la Pachamama y a los Presentes para dar inicio a la celebración. Al Pozo Sagrado se debe pasar de a dos personas, dado que el número 2 simboliza  Dualidad.

Una vez ubicados frente al Pozo Sagrado, se procede a volcar alcohol puro y hojas de coca dentro del mismo. Seguidamente, se encienden 2 cigarrillos, y se los entregan para que “Fume” la Pachamama, colocando dichos cigarrillos en la tierra y esperando que sean bien recibidos. Posteriormente se ofrendan bebidas a la Madre Tierra, y también quien realiza la ofrenda debe beber, para acompañar y compartir con la Pachamama.

Por último, siempre con mucho respeto, se despide de la Madre Tierra tocándola y acercándose al Pozo Sagrado; generándose allí un Espacio de Tiempo de Conexión entre la Pachamama y la Persona. Se debe Agradecer por todo lo que ella brinda y solicitarle que se lleve todo lo malo o negativo que se tiene y asimismo que se cumpla lo que cada uno desea. Una vez que el participante se levantó para retirarse del Pozo Sagrado, debe esperar que le retiren (en caso de tener), su/s Yoky/s que le/s fueron dados en Ceremonias anteriores y le entreguen uno nuevo que deberá tener hasta que se caiga o bien si perdura, hasta el mes de Agosto de año siguiente, cuando participe nuevamente de esta Ceremonia.

Testimonio Inca

Los tres niños Incas,  que hoy se encuentran en el museo de arqueología de alta montaña (MAAM) en la capital salteña, fueron ofrendados a 6.730 metros de altura, en la cumbre del legendario volcán Llullaillaco. Sus tumbas, las más altas en todo el Tawantinsuyu y posiblemente en el mundo, guardaron durante cinco siglos los secretos de un importante ritual. 

Hoy, gracias a las investigaciones arqueológicas, podemos conocer más sobre la forma de vida de nuestros antepasados. Estos niños, que hace varios siglos cedieron su tierna vida a un propósito divino en el lugar más cercano al Sol, hoy nos transmiten la sabiduría milenaria de los pueblos que habitaron en el mundo andino.

Las características únicas del hallazgo y el estado de conservación de los cuerpos, obligan a un cuidadoso y respetuoso tratamiento. No son simples objetos que se exponen en una vitrina. Son seres humanos cuya exhibición puede generar diferentes tipos de reacciones y sentimientos. 

Por ello el visitante puede elegir si desea o no observar los cuerpos, siempre con mucho respeto y silencio. 

 A los niños se los conoce como la Niña del Rayo, la Doncella y el Niño. La niña tenía un poco más de seis años. Estaba sentada con las piernas flexionadas, las manos semiabiertas apoyadas sobre los muslos y su rostro en alto apuntando hacia el Oeste-Suroeste. Luego de su entierro, en algún momento de los últimos siglos la elevada temperatura de una descarga eléctrica quemó parte de su rostro, cuello, hombros y brazos, como asimismo sus prendas y parte del ajuar que la acompañaba. La Doncella en cambio, tenía unos quince años de edad. Estaba sentada con las piernas flexionadas y cruzadas, sus brazos apoyados sobre el vientre y su rostro mirando en dirección opuesta a la niña del rayo. Su largo cabello está peinado con pequeñas trenzas, como era costumbre en algunos poblados de los Andes.  Su rostro fue pintado con un pigmento rojo, y arriba de la boca se observan pequeños fragmentos de hojas de coca. Se cree que, posiblemente, esta joven haya sido una aclla o “virgen del Sol” educada en la “Casa de las Escogidas” o aclla huasi, un lugar privilegiado para las mujeres en el tiempo de los Incas. Por último, el Niño tenía siete años de edad. Estaba sentado sobre una túnica gris con las piernas flexionadas y su rostro -en dirección al sol naciente- apoyado sobre las rodillas.  Sus puños están cerrados; el rostro no es visible y sus párpados están semi cerrados. Posee una ligera deformación del cráneo que sugiere su origen noble.

 

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