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Historia de Nuestro Pueblo

El término “Puna”, (del Quechua) quiere decir “Páramo” o “Tierra Fría” y tal como afirma su significado, esta árida región representó desde siempre un ambiente hostil y de difícil acceso, sin embargo encontramos que fue y es habitado desde hace miles de años.

Primeros Habitantes (10.000 a.c. hasta 1940 d.c.)

En la Puna y a pesar de tratarse de una de las zonas más inhóspitas del planeta existen evidencias de ocupaciones humanas desde por lo menos 11.000 años hasta la actualidad. Estas culturas dejaron poco vestigio de lo que fue su paso por la Puna dado que por lo general no se asentaban por grandes periodos de tiempo, y sus viviendas, utensilios y otros elementos cotidianos los realizaron con materiales perecederos que el tiempo se encargó de borrar. 

Sin embargo, un gran cambio se da a partir del Período Tardío en las zonas bajas de los valles y quebradas, cuando se inicia la etapa de mayor desarrollo regional y de un activo intercambio entre regiones. Con el correr de los años estos grupos se desarrollaban sin interrupciones. Compartieron lenguas, creencias y costumbres, fueron adoptando conductas y similitudes que los unían culturalmente tanto en la zona de los valles y quebradas como en la Puna.

Conocieron dioses anteriores a la Pachamama, que les enseñaron a cuidar la fauna silvestre y a conservar la caza para las generaciones venideras. Una de esas figuras es el duende de las vicuñas, conocido como “Coquena” deidad masculina, a diferencia de la Pachamama – que sigue conservando plena vigencia en la Puna y los altos valles de la montaña.

Si bien existieron numerosos grupos originarios, los más representativos hasta la llegada de los Incas eran los Quechuas y Aymaras en los actuales territorios de Perú y Bolivia respectivamente; los Diaguitas y Omaguacas en el noroeste Argentino y los Apatamas o Atacamas en el norte Chileno. 

El periodo incaico se desarrolló entre los años 1480 al 1533. El Inca aseguro una mejor producción y alimentos para todos, aunque muchas veces fue a costa del traslado forzoso de poblaciones llevadas a trabajar la tierra o a desarrollar industrias en lugares más convenientes. Se estableció una red de caminos que atravesaba en todas direcciones desde el norte al sur y del este al oeste del gran Estado Inca. De estos caminos se destaca el Qhapaq Ñan o Camino de las Sierra (5200 Km. de extensión) que se prolongaba desde Pasto (hoy Colombia) a Cuyo (hoy Mendoza), atravesando la Puna salteña y por ende la zona de Tolar Grande. 

En las cercanías del pueblo se encuentran trazos de Caminos Incaicos sobre todo en medio de los salares como así también dirigidos hacia las montañas y volcanes que fueron utilizadas como Santuarios de Altura de los Incas; tal es el caso del volcán Llullaillaco (6739 m), donde se hallaron en Marzo del año 1999 tres Niños Incas que fueron ofrendado a sus dioses a escasos metros de la cima de este volcán.

Mediante esta red de caminos se produjo la expansión incaica y se empezó a unificar la vida andina, los Quechuas del Cusco empezaron a absorber a sus vecinos, de quienes aprendieron mucho. De los Aymaras del lago Titicaca recibieron la devoción a la tierra. La Pachamama recibe el respeto de los pueblos andinos en forma de sencillas ofrendas: Lo que de Ella sale, a Ella vuelve… Quien atraviesa la montaña no debe olvidarla, sobre todo, en sus altares a cielo abierto, las Apachetas, que pueden verse como acumulaciones de piedras al costado del sendero.

Posteriormente, los  españoles llegaron a la Puna en el año 1540. Pedro de Valdivia dio resistencia al Inca Yupanqui en diversos sectores de la puna, siendo uno de ellos San Pedro de Atacama. Se cree que Tolar Grande pudo haber sido un punto de paso en las travesías que emprendían desde San Pedro de Atacama. Desde este sitio, ya convertido en el centro población más importante del Altiplano, partían expediciones en todas direcciones: Cuzco, Potosí, Cobija, La Quiaca, por donde pasaba  el “camino de la plata”. 

Lo cierto es que desde la conquista, la región de Atacama pasó por varios dominios, hasta que en 1889 a través de la decisión del arbitraje norteamericano, se otorga a la Argentina el 75% del territorio y el 25% restante a Chile.

En 1943 se decide fragmentar el territorio en tres partes; pasando el departamento de Susques a la provincia de Jujuy, el de Antofagasta de la Sierra a Catamarca y los de San Antonio de los Cobres y Pastos Grandes a Salta. La incorporación de los Departamentos de San Antonio de los Cobres y de Pastos Grandes a la Provincia de Salta dio lugar a la formación del “Departamento de Los Andes” en el cual a su vez, se erigieron dos municipios: San Antonio de los Cobres y Tolar Grande.

 

El Ferrocarril y la Minería (1940 hasta  1950)

Durante esta etapa el pueblo atraviesa su Apogeo. En 1943, Tolar Grande es punta de rieles, en el proyecto ferroviario que uniría Salta con Antofagasta en Chile. La población cosmopolita en un número cercano a 5000 personas, se componía de bolivianos y chilenos como trabajadores de pala y pico, criollos como capataces, encargados y choferes, gringos y yugoslavos como contratistas, y españoles, italianos y checos como comerciantes.

Un antiguo poblador de aquellos años cuenta que conoció Tolar en “ese año pujante, ruidoso, con vehículos que venían o partían constantemente. El motor de la usina de un solo pistón, bajas revoluciones y dos grandes volantes que hacía retumbar monótonamente el suelo; la playa ferroviaria pintada de amarillo por el hediondo azufre traído de la Casualidad para ser despachado a su destino Industrial; los corrales repletos de ganado mugiendo; el grito de los troperos bajándolos de los vagones y otros arriándolos por tierra en dirección al portillo de Caipe, Quebrada del Agua, Socompa y Antofasta, o bien por Taca –Taca, Toconao, San Pedro de Atacama llegando a Calama donde esperaban verdes y altos alfares y la muerte”.

Entre sus comercios el pueblo contaba con tres panaderías, varios almacenes, dos relojerías y joyerías, y algunos bares. De estos, sólo hoy se conserva un almacén conocido como la Valentina, nombre heredado de su antigua dueña y hoy manejado por sus hijos.

“Las casas de los pobladores no diferían muchos de las de otros caseríos de la región, paredes de adobes manufacturados en el lugar, y guano vacuno que se juntaba en los corrales ferroviarios, una puerta de entrada de dos hojas, dos ventanas pequeñas a la calle, un salón destinado  al  negocio, en el interior: patio enlajado o de tierra, al costado  las habitaciones  y la cocina, el baño con un retrete. De madera  o cemento, un pozo  ciego  que no necesitaba  ser profundo  porque la falta de  humedad  secaba inmediatamente  los desperdicios,  la mayoría disponía  de una fracción  tapiada al aire libre, útil como depósitos de leña, tambores, envases vacíos de vino y, eventualmente, guardería diurna  de los animales  que los contrabandistas  movilizaban de noche. Se destacaba  el barrio obrero, muy singular, ubicadas en las serranías del Oeste, en uno y hasta tres niveles de construcción las habitaciones. Se le ganaba a las lomas enderezando uno o dos frentes opuestos  con picota; el material extraído, una  cáscara  salitrosa  se utilizaba  para  levantar  las paredes  faltantes,  el  techo improlijo  de paja o tola eran sostenidos por pedazos de vía  o tirantes de madera, afuera a un costado, en otro espacio ganado a la ladera, la cocina, donde hervía  renegrida una pava  con el fuego eterno de tolas y astillas de quebracho juntadas en la playa del ferrocarril”. 

De este sector se conservan en ruinas las casitas “cuevas”, como la llaman los pobladores actuales, las cuales son preservadas por la Municipalidad y de noche pueden verse iluminadas a los pies del cerro de la cruz, donde la comunidad realiza el viacrucis para la Semana Santa. 

Los ferroviarios, en cambio, eran distribuidos en tres sectores donde las casas eran mejores: revocadas, luz, agua y algunas con baños incorporados. Algunas de ellas hoy funcionales para viviendas de gente local y muchas otras en ruinas, con el proyecto de recuperación y puesta en valor a los fines de brindar a la comunidad local hogares donde desarrollar la vida diaria. 

De esta etapa también perduran los galpones del ferrocarril, el antiguo hospital, algunos vagones abandonados en las inmediaciones, corrales en donde se descargaba el ganado antes de ser trasladado a pie hacia Chile. Todos estos, recuerdos de una época en que Tolar Grande fue grande y representaba un importante polo comercial en la provincia de Salta. 

El Abandono (1950 hasta 1975)

En el año 1973 debido a la considerable merma en la población, producto del retiro masivo de los ferroviarios que de a poco veían como se apagaba esta actividad, Tolar Grande perdía su rango de Municipio de Tercera Categoría y pasaba a ser una Comisión Especial dependiente del Gobernador de la Provincia, por falta de habitantes permanentes.

En 1978 con el cierre definitivo del servicio ferroviario de pasajeros que se dirigía a Chile, se acrecentaría el despoblamiento de la región. Un año más tarde la crisis se intensificaría  con el cierre de la Mina Julia y su magnífico campamento La Casualidad. También se apagaba toda actividad en la mina y campamento Arita y en las Salinas que se explotaban en ese momento (Taca Taca, Chuqulaqui, Arizaro y Tolar).

Con este desalentador panorama, al ser Tolar Grande el último sitio poblado de Salta en el límite con Chile, se iniciaron las acciones necesarias para cubrir las necesidades de los habitantes que permanecían allí. El principal objetivo era que éste alejado pueblo no desaparezca y la última frontera con el país trasandino se mantenga con vida. Así fue, que mientras los ferroviarios, viales y mineros una vez acabado el periodo de auge de estas actividades se retiraron del lugar, los empleados municipales y los escasos habitantes nativos pese a todo permanecieron en Tolar Grande.

 

El Renacimiento (1975 hasta la actualidad)

 

En el año 1980 el Comisionado Especial en ejercicio, el Sr. Miguel Pérez, ordena la construcción del Centro Cívico (actual edificio de la Municipalidad), siendo inaugurado en el año 1983. Por ese entonces este territorio permanecía en vigilia dado que no tenía a ciencia cierta un rumbo definido, muchos se fueron otros querían seguir allí, pero no había trabajo alguno y por ello se veían obligados a emigrar. A pesar de lo difícil que resultaron los años posteriores al cierre del ferrocarril y las minas, se pudo revertir la situación de desolación y se reorganizó la región para darle vida nuevamente.

Durante el resto de la década de 1980 el ir y venir de los pobladores era constante, pero muchos no se radicaban, recién a partir de mediados de la década de 1990, Tolar Grande comienza a tomar forma nuevamente, se realizaría un plan de actuaciones para el crecimiento y desarrollo del municipio, en donde los principales objetivos del mismo fueron: repoblar el área, fomentar el desarrollo económico local y mejorar la infraestructura y los servicios. A tal fin, se elaboraron programas para la convocatoria de familias originarias y de nuevas familias, especialmente a aquellas cuyos integrantes demostrasen calificación laboral y condiciones de emprendimiento y enseñanza. De a poco volvían a aparecer los niños en forma numerosa en este sector de la Puna salteña.

Se llevaron a cabo acciones para reunificar a las familias residentes en Tolar Grande, se construyeron nuevos inmuebles, tales como la Escuela Nº 4622, “Manuela Martínez de Tineo”, un Centro de Salud, un Centro de Capacitación, la Policía, la Usina, una Sala de Internet, una Radio FM, un Complejo Deportivo Municipal. También se llevó a cabo el reciclado de algunas casas del Barrio Ferroviario las cuales se hallaban abandonadas y fueron destinadas como viviendas de las autoridades del pueblo.

En definitiva, en nuestros días con solo transitar por las calles de esta comunidad se puede apreciar el cambio que sufrió durante esta nueva etapa municipal comenzada por el año 1983 y que se continúa en el presente. A pesar que el tren continúa detenido y que la minería todavía no alcanzó los niveles de antaño, Tolar Grande se mantiene vigente y se resiste a desaparecer y sumergirse en el olvido, por ello avanza creando su propia historia moderna en esta alejada e inhóspita región. El progreso que presenta es fruto de los esfuerzos realizados por los gobiernos que se fueron sucediendo sobretodo en la última década los cuales apostaron al repoblamiento de Tolar Grande, esto permitió que hoy desafiando todas las adversidades que el ambiente representa, la población tolareña ascienda a 210 personas y que residan aquí en forma permanente.

En este contexto aflora el Turismo el cual desde hace más de siete años presenta un crecimiento en ascenso. Esta actividad promete convertirse en una alternativa de crecimiento y desarrollo sustentable para la comunidad local, dado que esta zona cuenta con atractivos naturales y culturales únicos en la región. 

 

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